Re: medicos ...seres humanos...perdonen lo largo...

From: =?iso-8859-1?B?R1JBQ0lFTEEgQkVBVFJJWiBBTEzNTg==?= (gracielaallin@hotmail.com)
Mon Mar 21 11:47:48 2005


Hola Dr. Brito!: espectacular su reflexión...sólo el que estuvo "del otro lado del mostrador" sabe lo que pasa el enfermo cuando va al médico...Gracias por escribirlo.

Dra. Lewis

>From: 4carlosbrito@cantv.net (Dr Carlos L Brito)
>Reply-To: obgin-l@obgyn.net
>To: Multiple recipients of list OBGIN-L <obgin-l@dns.obgyn.net>
>Subject: medicos ...seres humanos...perdonen lo largo...
>Date: Mon, 21 Mar 2005 12:23:10 -0600
>
>Reflexiones sobre humanismo y medicina.
>
>Hacia la descripción de una nueva entidad nosológica: el síndrome de
>Hermógenes.
>
>Texto leído en un foro sobre Humanismo y Medicina realizado el 8 de
>octubre de 1997 en el Auditorio Ciencias de la Salud, en las
>instalaciones de la Universidad de Cartagena ubicadas en el barrio de
>Zaragocilla, con motivo de la celebración de los 170 años de la
>fundación de la Universidad.)
>
>Distinguidos profesores, queridos estudiantes, señoras y señores:
>
>En los primeros párrafos de "Las memorias de Adriano" de Marguerite
>Yourcenar (la traducción es de Julio Cortázar, un "enormísimo cronopio")
>uno puede leer la experiencia del famoso protagonista ante la
>enfermedad, y su reacción como paciente que se entrega al cuidado de un
>médico: "...Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también
>es difícil guardar la calidad de hombre.  El ojo de Hermógenes sólo veía
>en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y sangre.  Esta
>mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese
>amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo
>solapado que terminará por devorar a su amo..."
>
>Resulta sobrecogedor el intentar asomarse, guiados por la pluma ágil y
>precisa de la insigne escritora, al pensamiento de un hombre que
>detentaba el poder de Roma, que era lo mismo que decir, hacia el siglo
>segundo, el poder del mundo occidental, y que, a los setenta años,
>víctima de una "hidropesía del corazón", se sabe impotente ante la
>fragilidad de la materia, somete su cuerpo al escudriño de una persona
>con quien no lo liga otra relación diferente a la del padecimiento, y se
>prepara para el final: "...Como el viajero que navega entre las islas
>del archipiélago ve alzarse al anochecer la bruma luminosa y descubre
>poco a poco la línea de la costa, así empiezo a percibir el perfil de mi
>muerte..."
>
>La cita anterior puede servirnos de punto de partida para reflexionar
>sobre dos de las preguntas filosóficas que más agobian el pensamiento
>del hombre: el origen de nuestra vida (que creemos percibir pero que
>estamos muy lejos de comprender) y nuestro destino irrevocable como
>individuos humanos: esa meta remota y siempre ilusoriamente postergada
>de la muerte.
>
>Entre estas dos preguntas, ¿de dónde venimos? y ¿hacia dónde vamos? nos
>encontramos con la otra incógnita central ¿qué somos? Para tratar de
>arrimarnos a un puerto relativamente estable, en medio de una marea tan
>llena de incertidumbre, propongamos, no más como una hipótesis, y para
>tratar de utilizar un lenguaje uniforme, que ese "somos" es la vida que
>vivimos.  Que somos la vida que estamos viviendo.  Que antes de la vida
>no éramos, y que no sabemos si seremos después de la muerte.  Que si
>alguien no está de acuerdo con la hipótesis enunciada y por lo tanto
>cuestiona nuestra existencia y/o la suya, por lo menos, si no somos,
>tendremos la presunción, la creencia, de ser, como individuos humanos,
>mientras exista en nosotros la energía de la vida, mientras ese
>"monstruo solapado" de nuestro cuerpo no acabe por devorarnos.  Que si
>llegáramos a ser algo después de la muerte, sin duda no seríamos el
>individuo humano que somos ahora, que tiene un cuerpo animado por una
>fuerza vital tan incomprensible como cualquier otro fenómeno de la
>naturaleza que creemos comprender.  Que ese cuerpo está destinado a la
>corrupción, a volver al polvo, a retornar -como algo recicable- a la
>materia del mundo, a las moléculas, los átomos y las partículas
>subatómicas que forman el desmesurado universo.  Y que si nuestro
>espíritu persiste, sólo lo hará expresándose a través del testimonio que
>hayamos podido dejar de esta fugaz conjunción de nuestro espíritu con
>nuestra materia, que hemos llamado la vida humana, nuestra vida.  "Al
>morir tan sólo nos queda lo que hemos dado", ha dicho a propósito
>Jacinto Benavente.  Así es que tenemos que aceptar que nuestra vida, así
>como lleva implícita nuestro origen, vale decir, nuestro nacimiento,
>lleva consigo implícita nuestro final, vale decir, nuestra muerte.
>
>Vivir es consumir instante tras instante nuestro tiempo, agotar los
>plazos hasta que ya no exista más futuro desde el cual fluya la frágil
>corriente de nuestra vida, la cual está hecha de un presente inestable e
>intangible que desemboca y nutre nuestro pasado, que es lo que realmente
>somos.  La materia de la cual están hechos nuestros recuerdos es mucho
>más firme que la que forman nuestras esperanzas.  Sin embargo, siempre
>confiamos que, desde el futuro, que realmente no nos pertenece, desde
>donde aún no somos, seguirá fluyendo esa mágica corriente de las horas
>que pertenecen a nuestra vida, que nutrirán nuestro pasado.  Nos parece
>imposible que nos pueda suceder la muerte.  Sobre todo si no hemos sido
>agobiados por la enfermedad, por la verdadera enfermedad, la que pone en
>evidencia nuestra fragilidad como individuos humanos...  Porque la
>enfermedad se vive, y el dolor hace parte del presente de una forma
>mucho más persistente que el placer, y se imbrica en la materia de la
>vida de una manera diferente a la muerte, que de alguna forma no nos
>pertenece, o nos pertenece de una manera incomprensible, en un
>territorio cuyas coordenadas son evasivas e inasibles.  En cambio, la
>enfermedad y el sufrimiento hacen parte de nuestra experiencia vital
>consciente, de tal forma que nos pueden enfrentar bruscamente a la
>posibilidad de la muerte.  Y la muerte es como el sol, que no puede
>mirarse de frente, porque nos deslumbra.  Sin embargo, yo creo, estoy
>convencido, de que el verdadero amor por la vida sólo puede cultivarse a
>partir de la aceptación racional de la muerte, y de la certidumbre de
>que el futuro no nos pertenece.  Sólo entonces podremos valorar
>plenamente la vida.
>
>En el cuento "El Aleph" de Jorge Luis Borges podemos leer: "La candente
>mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa
>agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al
>miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían
>renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me conmovió,
>pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella,
>y que ese cambio era el primero de una serie infinita..."
>
>Borges se duele del cambio -aparentemente anodino- en un aviso comercial
>por medio del cual el mundo le anuncia su indiferencia ante la muerte de
>su amiga, de su querida Beatriz Elena Viterbo; de ese indiferente
>transcurrir del tiempo, inocente como un niño e irresponsable como un
>loco, ajeno por completo a sus sentimientos como individuo humano.
>¡Borges, un inmortal! ¡Borges, cuyo espíritu está vivo aquí, en este
>momento, en esta sala, gracias al hecho de que yo lo he conjurado, al
>leer este fragmento de su cuento!
>
>El gran Borges se horroriza -y nos transmite con eficaz simplicidad su
>horror- al pensar en la injusta tarea del olvido, en la devastadora y
>continua acción de la muerte.  Y aún cuando no se refería a su propia
>muerte, podemos percibir en su relato, que él, de alguna manera, la
>intuye en esa muerte ajena que le arrebata a una persona querida, a una
>persona que ha enriquecido el pozo de su pasado, que hace parte de su
>experiencia vital como individuo humano.  Podemos percibir que Borges se
>anticipa a esa sensación de sentir que el universo también se apartará
>de él, indiferente, después de su muerte.  Que siente que la
>supervivencia de su espíritu estará sujeta a la frágil memoria
>colectiva, quizás a los caprichos de las modas literarias, y del
>incierto futuro de la literatura, en un mundo cada vez más cibernético,
>y quizás más deshumanizado, lleno de pragmatismo estéril, de fútiles
>estrategias de mercadeo que nos agobiarán hasta la náusea con su
>abominable secuela de días del padre, de la madre, del amor y de la
>amistad, y otras mustias efemérides carcomidas de frivolidad y
>pletóricas de hipersentimentalismo monetario, de culto al dinero y al
>poder del dinero; de un mundo en donde la mayoría de las personas son
>porque tienen, pero no tienen porque son, y otras pequeñas calamidades
>cotidianas.  Borges, cuyo espíritu es literatura, es arte, es poesía
>-que son cosas comprobadamente capaces de sobrevivir al olvido-, se sabe
>mortal.  Pero por eso mismo, se sabe hombre, y se sabe irrepetible.  Y
>de esa certeza nace su capacidad para saber darle el valor que merecen a
>la vida y a la muerte.
>
>Imaginemos ahora que hemos muerto, y que el tiempo sigue inexorable su
>curso, tendiendo un manto continuo y tenue de olvido sobre lo que hemos
>sido, hasta aniquilar por completo la memoria de nuestra presencia en la
>vida, permitiéndonos quizás asomarnos al recuerdo de alguna persona que
>nos conoció, y que aún vive, tal vez por medio de una fotografía
>antigua, en un álbum mohoso, lleno de imágenes de otros muertos y de
>paisajes que ya no existen, pero que nos fueron familiares en algún
>momento; de casas derruidas, donde vivimos alguna vez un amor intenso;
>de antiguos paisajes, que recorrimos muy jóvenes, ya transformados e
>irreconocibles; de bellas o terribles ciudades, en las cuales estarían
>ausentes las personas que alguna vez amamos...
>
>Un verdadero humanista aprende, a través de la observación continuada de
>las manifestaciones del espíritu humano, a valorar la vida, en la medida
>en que también aprende a aceptar la realidad de la muerte.  "Un poeta es
>un hombre que sabe que va a morir", dijo alguien cuyo nombre se niega
>ahora a mi memoria.  O sea, es un hombre que sabe que la muerte lo va a
>igualar, tarde o temprano, con las demás personas que comparten su
>espacio vital.  Si una persona no está consciente de la realidad de su
>muerte, no puede considerarse un humanista.  Parodiando al gran poeta
>César Vallejo, un humanista "no se jacta jamás de respirar", y se cuida
>de caer en el otro extremo de esa curiosa condición de la "hipertrofia
>del alma" que mata a la razón y conduce hacia el fanatismo, como lo
>menciona Milan Kundera en su bellísima novela "La inmortalidad".
>
>El médico tiene, como parte esencial de su trabajo, que enfrentarse al
>dolor humano, a la enfermedad y a la muerte, y de allí, derivar sus
>ingresos económicos y obtener el equilibrio y el bienestar al que tanto
>él como su familia tienen justo derecho, y sin el cual no le sería
>posible progresar como profesional y como ser humano.  La falta de
>progreso debe considerarse, en este contexto, como un atraso.  Dicho de
>otra manera, los médicos vivimos del dolor humano.  Si no hay dolor, si
>no hay malestar (tanto del cuerpo como del alma), no hay enfermedad.  Si
>no hay enfermedad, no se justifican ni la medicina ni los médicos.
>Entonces, ¿cómo puede ejercer esta profesión una persona que no tenga
>una sólida formación humanista? ¿Cómo podría evitar que sus pacientes se
>sintieran como el emperador Adriano se sintió ante su médico Hermógenes?
>¿Cómo podrá preservar la calidad, no ya de emperador, sino -más
>importante aún- la simple y esencial calidad de hombre de sus pacientes?
>
>Quiero, en este punto, proponer varias ideas que han ido forjándose en
>mi pensamiento en la medida en que he ido avanzando en la escritura de
>estas líneas, aún a riesgo de ser injusto con mi remoto colega
>Hermógenes, pero basándome en las palabras que Marguerite Yourcenar puso
>en la boca de Adriano:
>
>Definamos el síndrome de Hermógenes como cualquier clase de padecimiento
>del paciente que sea ocasionado por una actitud deshumanizada del médico
>o del sistema de salud ante la enfermedad y el sufrimiento humanos;
>
>Categoricemos el síndrome de Hermógenes dentro de las enfermedades
>yatrogénicas;
>
>Diferenciemos con claridad a los individuos que sólo saben medicina de
>los que son médicos;
>
>Definamos al médico como un profesional que, conociendo con erudición
>los aspectos técnicos y científicos de su arte, conserve una actitud
>humanista ante la enfermedad, el dolor, la vida y la muerte, que ayude a
>minimizar los efectos que el síndrome de Hermógenes pueda eventualmente
>producir en sus pacientes;
>
>Definamos como técnico en medicina a quienes sean igualmente eruditos,
>estudiosos y actualizados en sus conocimientos técnicos y científicos,
>pero que consideren que todo lo anterior es una banalidad, una suerte de
>pedantería, o simplemente, algo sin importancia;
>
>Advirtamos, por último, que el síndrome de Hermógenes puede presentarse
>aún a pesar de una actitud humanista e idónea del médico, algunas veces
>debido en parte a prejuicios del paciente que pueden ser difíciles de
>vencer, y en otras debido quizás a las debilidades de un sistema de
>salud deshumanizado, que de una u otra forma tienda a deteriorar la
>relación médico-paciente.
>
>No quiero utilizar de una manera simplista o peyorativa el término
>humanista, reservándolo sólo para las personas que posean una vasta
>cultura literaria, histórica, filosófica, artística, musical, etcétera,
>tal y como la definen los diccionarios, porque yo sería el primero en
>excluirme: soy sólo un fervoroso diletante, pero no me considero experto
>en nada, salvo en duda.  Sin desconocer que indudablemente el hábito de
>la lectura y cierto grado de erudición son importantes en la formación
>de valores éticos, quiero decir que estoy convencido de que el
>humanismo, además de conocimiento, es en esencia una actitud personal,
>una actitud ética ante los diversos fenómenos vitales del ser humano.
>Sin embargo, es esencial advertir que el humanismo es cualitativamente
>diferente de la filantropía, en el sentido de que su dádiva es más
>profunda, desinteresada y sabia, y enriquece tanto a quien la da como a
>quien la recibe: nunca requiere de agradecimiento porque quien da con
>humanismo lo hace con tanta espontaneidad que no considera su acto
>excepcional, sino natural.  En fin, su dádiva jamás podría asimilarse a
>una limosna, que de alguna manera envilece a quien la recibe y
>pseudoenaltece a quien la otorga: la actitud humanista, en su
>desinterés, iguala.  Es además una actitud estética, en la medida en que
>el placer de descubrir la belleza de sus manifestaciones, nos incitará a
>seguir escudriñando el espíritu humano.  Y es, por sobre todo, una
>actitud de sana e incesante curiosidad, de deseos de conocer, aún cuando
>todavía no se posean los conocimientos: con el transcurso del tiempo la
>persistencia algún día mostrará el esplendor de sus frutos.  Es también
>una actitud que poco a poco propiciará en quienes la practiquen una
>particular tolerancia hacia las diferencias y un respeto por los
>derechos de las demás personas, incluyendo -claro está- a los pacientes.
>Una actitud que nos permitirá aprender no sólo de quienes aparenten ser
>más instruidos que nosotros, sino también de los que no ostenten ni la
>riqueza de los conocimientos ni la elocuencia de la expresión, sino
>apenas una postura simple o un humilde concepto digno de tener en
>cuenta.  Una actitud que incluso nos permitirá aprender de quienes se
>equivoquen, para no imitarlos.
>
>Por eso, creo que el verdadero humanista mostrará siempre un profundo
>respeto ante los grandes misterios de la vida y de la muerte, que
>persisten y persistirán inviolados pese al gran despliegue tecnológico y
>científico de las últimas épocas, y al que habrá de seguirlo en tiempos
>futuros.  Ese humanismo nos permitirá darle cabida, sin perplejidad ni
>vergüenza, a la realidad de nuestra fantasía en la cotidianidad del
>ejercicio profesional y de la vida misma, para así poder residir en
>nuestro huidizo presente con los pies en la tierra, pero con el
>pensamiento lleno del deleite por lo que no es simplemente material,
>utilitario o pragmático.  Al mismo tiempo nos permitirá seguir siendo
>cuerdos, pero no prisioneros de la cordura, dueños de un espíritu que
>sea capaz de asomarse a los más espléndidos y exóticos paisajes de la
>locura, que esté libre de ataduras y paradigmas que limiten su
>expansión, pero que sea siempre capaz de mantener un polo a tierra, un
>sólido pilar de contacto con esa materia cotidiana que creemos conocer,
>y que hemos dado en llamar la realidad.
>
>Para terminar, quiero leer un hermoso soneto de Sor Juana Inés de la
>Cruz, una monja humanista que vivió en México entre 1651 y 1695, y que
>de alguna manera puede servir de colofón o postludio a las ideas de la
>vida, el humanismo, la enfermedad y la muerte sobre las cuales hemos
>estado cogitando a lo largo de estas líneas, y que dice así:
>
>Rosa divina que en gentil cultura
>
>eres con tu fragante sutileza
>
>magisterio purpúreo en la belleza,
>
>enseñanza nevada a la hermosura,
>
>amago de la humana arquitectura,
>
>ejemplo de la vana gentileza
>
>en cuyo ser unió naturaleza
>
>la cuna alegre y triste sepultura:
>
>¡cuán altiva en tu pompa, presumida,
>
>soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
>
>y luego, desmayada y encogida,
>
>de tu caduco ser das mustias señas!
>
>¡Conque, con docta muerte y necia vida,
>
>viviendo engañas y muriendo enseñas!
>
>Muchas gracias por su amable atención.
>
>Mario Mendoza Orozco, M.D.
>
>Profesor Titular, Facultad de Medicina
>
>Universidad de Cartagena
>
>Correo electrónico: mmo@red.net.co
>
>Cartagena de Indias, septiembre de 1997
>
>°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°°
>
>Este artículo fue publicado en la revista Acta Médica Colombiana
>
>Volumen 23 No. 6, Noviembre-Diciembre de 1998, Páginas 130-133
>
>ã Acta Médica Colombiana, 1998
>
>Patogenia del síndrome de Hermógenes.  Descripción del síndrome de
>Adriano.
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Última actualización: Wed Dec 2 04:43:55 2009